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Servimos para formar, formamos para servir

El Seminario Teológico Bautista de cara al próximo quinquenio

En el Seminario Teológico Bautista de Venezuela arribó a sus 45 años de vida y ministerio. ¡Casi medio siglo! Damos gracias al Señor por lo que esta institución ha significado para la obra bautista nacional, y más allá. ¡Hasta aquí el Señor nos ha ayudado! Y confiamos que lo seguirá haciendo.

En los últimos años, hemos asumido la integralidad como uno de los ejes transversales de nuestro proyecto educativo. Creemos que los procesos formativos deberían impactar cada dimensión del ser: conocimientos que sean relevantes para la vida; actitudes que reflejen el carácter de Cristo; relaciones saludables y dignificantes con todos y todas; acciones y capacidades que manifiesten rasgos de excelencia y dignidad. Para el próximo quinquenio, la visión plantea un doble movimiento, una especie de moneda de dos caras: hacia adentro, nos hemos propuesto ser “una institución verde”. Con ello queremos significar más que solo el compromiso de cuidar el ambiente y promover un mejor trato a la creación de Dios, que ya, de por sí, es una demanda urgente. Encontramos en esta categoría imágenes y procesos que nos permiten, a la luz de la Biblia, forjar relaciones saludables, con Dios, con otros y con el ambiente; crear condiciones para cultivar valores tales como: amor, fe, verdad, integridad, justicia, respeto, servicio y cooperación; formar vidas fructíferas, útiles y serviciales, donde quiera que Dios nos lleve.

Hacia afuera, y de cara a 2020, nuestra visión incluye ofrecer servicios y programas con estas marcas: fidelidad bíblica, rigor teológico, relevancia contextual y utilidad a la iglesia y a la sociedad. En tal sentido, nos proponemos trabajar TRES ESFERAS PARA LA TRANSFORMACIÓN Y LA VIDA. La primera esfera, iglesia y ministerios, con lo cual seguiríamos formando en los campos de estudio y servicio dentro de las iglesias locales: Biblia, ministerio educativo, ministerios evangelizadores y misioneros, ministerio pastorales, y similares.

La segunda esfera, familia y nuevas generaciones. Por un lado, estamos conscientes de las discusiones que se están dando hoy en torno a las nociones de familia en varios lugares del mundo y la región. La Biblia, las ciencias sociales y la experiencia nos muestran el papel fundamental que esta comunidad tiene en la vida de toda persona. No exageramos al decir que la sociedad actual, en muchos sentidos, refleja lo que pasa o lo que no en los núcleos familiares. Por el otro lado, estamos convencidos de que los niños y adolescentes son más que meros objetos de trato, cuidado (provisión y protección) y/ o entretenimiento. Los niños, niñas y adolescentes son sujetos a quienes les debemos permitir participación activa en los aspectos que les atañe. A ellos entregaremos, en breve, las riendas de la iglesia; les tocará “reconstruir” los muros de la nación; tendrán que lidiar con un mundo afectado en muchas maneras: en lo social, económico, político, ambiental, moral y espiritual; asumirán el desafío de cumplir la misión de Dios en el mundo. Parte de nuestra responsabilidad, por tanto, consiste en reconocerles, formarles, acompañarles y empoderarles.

Esta segunda esfera nos desafía a promover el bienestar integral de nuestros niños, niñas y adolescentes, dentro y fuera de nuestros templos. No queremos usarles como “carnada” para pescar adultos. ¿Queremos anunciarles el evangelio? ¡Sí! Pero, de acuerdo a sus realidades y necesidades, respetando sus particularidades. Y no solo queremos anunciarles el evangelio, queremos demostrares el amor y el poder de Dios, en medio de sus realidades concretas, ¡estén donde estén!

La tercera esfera, liderazgos e incidencia pública. Nuestra visión institucional propone: “Formar servidores que faciliten procesos de transformación de vidas, comunidades y realidades”. El anuncio y la demostración del evangelio deben tener consecuencias en los varios ámbitos de la cultura. Conscientes del papel que cumplen los diversos liderazgos (sociales, económicos, políticos, culturales, religiosos, entre otros) en nuestra sociedad, como luz y sal del mundo (Mat. 5:13-16), somos llamados a aportar en la formación de liderazgos íntegros y comprometidos con la dignidad humana, la libertad, el desarrollo sustentable, la justicia y la solidaridad. Alguien dijo algo así: “El problema de nuestro mundo es su liderazgo. Y el problema de nuestro liderazgo es su integridad”. En esta esfera queremos trabajar, entre otros, el diálogo fecundo entre la fe y la educación, la ciencia, la tecnología, la cultura, las leyes y las políticas públicas. Como el Señor dijo a Jeremía, entendemos que, queramos o no, estamos unidos al destino de nuestra nación. Somos corresponsables de su bienestar integral. “Y trabajen por la paz y prosperidad de la ciudad donde los envié al destierro. Pidan al Señor por la ciudad, porque del bienestar de la ciudad dependerá el bienestar de ustedes” (Jer. 29:7).

Es cierto, nos toca lidiar con las tensiones de nuestra “doble ciudadanía”. Por un lado, observamos que nuestra ciudadanía permanente está en los cielos (Fil. 3:21). Somos, pues, “peregrinos” en la tierra, estamos de pasada. Pero, por el otro lado, Jesús, con su oración, sentenció nuestra necesaria presencia en el mundo: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Juan 17:15-18). No somos del mundo, pero tenemos que estar en él para anunciar el evangelio y para demostrar el amor y el poder de Dios a toda criatura. Jesús mismo nos modeló esa clase de vida: “Y saben que Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder. Después Jesús anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que eran oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech. 10:38).

Oramos que el Señor siga con nosotros, como hasta ahora. Que nos provea todo cuanto necesitamos para llevar a cabo la obra que nos ha encomendado como institución de educación teológica. En el nombre del Dios trino, asumimos el reto.

Richard J. Serrano P., rector del STBV

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